(1) Professor da Universidade Federal do Tocantins – UFT, Brasil, dponcianooliveira@gmail.com
(2) Professor da Universidade Federal do Pará – UFPA, Brasil, hevellyn@ufpa.br
(3) Estudiante de doctorado en la Universidad Federal de Pará – UFPA, Brasil, robenilsonbarreto@hotmail.com
(4) Profesor de la Universidad Federal de Pará – UFPA, Brasil, barrosizabella23@gmail.com
MÁS ALLÁ DEL DOLOR, EL COLOR DE LA PÉRDIDA:
LA EXPRESIÓN DEL DUELO EN NIÑAS NEGRAS
AUTORES: Daniela PONCIANO OLIVEIRA1, Hevellyn CIELY DA SILVA CORREA2, Robenilson MOURA BARRETO 3, Izabella PAIVA MONTEIRO 4
RESUMO
Morte e luto são, ao mesmo tempo, experiências universais e também individuais uma vez que influenciadas por fatores sociais e psicológicos. O trabalho com o conceito de luto, associado ao doloroso processo de perda de um membro da família, raramente aborda as interfaces interseccionais que o permeiam, especialmente em grupos vulneráveis, como negros e pobres. Levando-
RESUMEN
La muerte y el duelo son experiencias universales e individuales, influenciadas por factores sociales y psicológicos. El concepto de duelo, a menudo asociado al doloroso proceso de perder a un familiar, rara vez aborda los aspectos interseccionales que lo permean, especialmente en grupos vulnerables como las niñas negros y pobres. Considerando las especificidades del desarrollo y la dependencia de las redes de apoyo familiar y social para procesar el duelo, el duelo en la infancia presenta un nivel de complejidad que merece especial atención. Por lo tanto, este estudio busca analizar la dimensión interseccional en la expresión del duelo en niñas negras de la región norte de Brasil. Para ello, se realizó un estudio de caso múltiple cualitativo. Participaron tres parejas de niñas negras y sus cuidadores (madre y hermana), con edades comprendidas entre los 9 y los 11 años, que habían experimentado la pérdida de figuras de cuidado en su entorno familiar. La recolección de datos incluyó entrevistas semiestructuradas con los encuestados y la aplicación de la técnica proyectiva Dibujo-
Antes de iniciar este trabajo, es importante comprender que la historia de la psicología y del psicoanálisis en sus fundamentos epistemológicos como ciencia partieron de un origen histórico, cultural y social de base eurocéntrica, y posteriormente se extendieron por los caminos y territorios latinoamericanos, incluido Brasil. También es importante recordar que la construcción de la ciencia como objeto de la modernidad fue proyectada para un lenguaje universal. Retomando las palabras y preguntas del presidente del congreso: “¿Serían la psicología y el psicoanálisis una ciencia neutra y universal?”
Aunque el idioma haya fragmentado parte de esa identidad latinoamericana, estamos todos aquí, en el congreso latinoamericano, con investigadores e investigadoras brasileñas, chilenas, argentinas. Por ello, antes de adentrarnos definitivamente en el tema de este trabajo, es importante que comprendamos que en Brasil, a diferencia de otros países de América Latina, el reconocimiento de la idea de raza entre las personas brasileñas es un punto a analizar dentro de las teorías y campos de actuación de la psicología, especialmente en el uso de pruebas psicológicas para un análisis ampliado en el contexto de la evaluación psicológica.
El contexto de colonización en las Américas, con la explotación masiva del tráfico de personas del continente africano hacia Brasil, se configura en una formación identitaria y subjetiva muy particular en ese territorio. Este escenario abre otras ventanas y posibilidades para mirar la psicología, no sólo a través del prisma del sujeto europeo, moderno y universal, sino desde una nueva perspectiva, una nueva mirada sobre los modos de subjetivación entre los procesos psicológicos y las relaciones de esos sujetos con el mundo. Tal vez otra pregunta podría guiar los caminos de esta investigación: ¿quiénes son las personas que acceden a nuestro consultorio para psicodiagnóstico y evaluación psicológica?
Ante esta interrogante, podemos considerar como objeto relativamente importante la necesidad de comprender a sujetos no universales, sino sujetos que comprenden el mundo y sus relaciones a partir de marcadores de género, raza y clase. Marcadores que escapan a los aspectos universales de la concepción científica moderna. Es en este camino que esta investigación, está atravesada por la particularidad de cierta comprensión de sujetos escindidos y forjados en la idea de raza que, aún hoy, sustenta las relaciones en Brasil y en muchos países de América Latina, aunque sea de forma silenciosa. ¿El sufrimiento vivido ante las diversas formas y expresiones del duelo entre niñas blancas y negras es una dimensión universal, considerando las numerosas condiciones de vulnerabilidad vividas por estas poblaciones?
La comprensión occidental del duelo tiende a universalizar este proceso, sin enfatizar las diferencias culturales, sociales e históricas, proponiéndolo como un recorrido lineal de fases o tareas que, una vez cumplidas, resultarían en la resolución o elaboración del duelo. Según Tavares (2021), esta laguna crítica se repite en otras producciones académicas sobre el duelo en Brasil, de modo que se utilizan categorías consideradas universales y atemporales para interpretar fenómenos relacionados con el duelo que, con frecuencia, siguen parâmetros “blanco-
En este punto, es fundamental destacar que, para poblaciones negras y empobrecidas, el duelo está atravesado por condiciones que difieren del patrón hegemónico descrito en los estudios occidentales. La ausencia de marcadores sociales (raza, género y clase), que constituyen el concepto de interseccionalidad, en los estudios y análisis sobre el duelo, tiende a reflejarse en la reproducción de contenidos descontextualizados, lo que puede conducir a interpretaciones equivocadas de las experiencias de pérdida dentro de la población brasileña, especialmente en los grupos en situación de vulnerabilidad, como las personas negras y pobres (Tavares, 2021).
En este sentido, pensar la comprensión del proceso de duelo en la población negra requiere entender que, desde el proceso de colonización en el contexto brasileño, las personas negras han sido marcadas por condiciones de sufrimiento y enfermedad derivadas de hechos históricos y sociales. Abdias Nascimento (2016, p. 19-
Da escravidão, no início do período colonial, até os dias que correm, as populações negras e mulatas têm sofrido um genocídio institucionalizado, sistemático, embora silencioso [...] A abolição, por si mesma, não pôs fim, mas agravou o genocídio; ela própria intensificou-
Para la psicoanalista Isildinha Nogueira (2021), ser negro significa enfrentarse a una violencia continua, cruel e incesante, marcada por una doble imposición: por un lado, verse obligado a ajustarse a los patrones e ideales impuestos por el sujeto blanco; por otro, lidiar con el rechazo, la negación y el borramiento del propio cuerpo negro. La mancha negra en el cuerpo es interpretada como un signo de imperfección, un marcador que atraviesa distintos contextos sociales, pero que siempre carga con el significado de la exclusión. Por ello, históricamente, la lucha de las personas negras ha sido una lucha por inclusión, por reconocimiento y por igualdad. Sin embargo, esta lucha está marcada por una contradicción cruel: incluso cuando hay avances, el cuerpo negro sigue siendo visto como símbolo de exclusión en una sociedad estructurada por el racismo. Así, la búsqueda de inclusión se convierte en un desafío constante, ya que para muchos el cuerpo negro continúa representando la marginalización y el rechazo (Nogueira, 2021).
Según Tavares (2021), ser negro en Brasil implica la vivencia repetida de pérdidas, la naturalización de ese proceso y la deslegitimación de esas pérdidas como relevantes. Ante ello, la realidad transforma el duelo de la población negra en una experiencia colectiva y compartida. En este sentido, Wilson y O’Connor (2022) argumentan que el duelo en personas negras difiere cuantitativamente (porque las tasas de mortalidad son desiguales) y cualitativamente (porque el duelo es colectivo). Así, el duelo en personas negras va más allá de la pérdida individual: se trata de un duelo colectivo vivido en el seno de una sociedad que deslegitima esos dolores, normalizando el alto índice de muertes y duelos entre la población negra.
Ante lo expuesto, al proponer la discusión sobre el duelo en la infancia y sus dimensiones interseccionales, es necesario inferir que las cifras de muertes entre personas negras y los marcadores sociales asociados al duelo en esta población también se reflejan en las infancias negras. Según un estudio de Umberson et al. (2017), las personas negras tienen más probabilidades que las blancas de haber experimentado la muerte de una madre, un padre o un hermano, desde la infancia hasta la mediana edad. Antes de los 10 años, los niños y niñas negras tienen tres veces más probabilidades de perder a su madre. Desde la juventud hasta la adultez, las personas negras también tienen cuatro veces más probabilidades que las blancas de haber vivido la muerte de un hijo, y el doble de probabilidades de haber perdido a su cónyuge (Umberson et al., 2017).
La vivencia del duelo en la infancia asume otras complejidades en comparación con la experiencia adulta, ya que es preciso considerar las particularidades del desarrollo infantil y la dependencia de las redes de apoyo familiar y social para la elaboración del sufrimiento. No obstante, aunque la experiencia de la pérdida en la infancia sea un fenómeno ampliamente estudiado, la interseccionalidad de factores como raza, clase social y territorio sigue siendo un campo por comprender, sobre todo en regiones marcadas por desigualdades estructurales, como el Norte de Brasil.
Para Djelantik et al. (2020), las muertes no naturales generan un mayor riesgo de trastornos mentales en personas en duelo desde la infancia. De esta forma, el proceso de duelo puede desarrollarse de manera distinta, ser más complejo, y las consecuencias para la salud mental pueden seguir una trayectoria diferente en comparación con situaciones de muerte natural. En el caso de niñas y niños negros, esta vulnerabilidad se agrava aún más, dado que los datos indican que la población negra está más expuesta a muertes violentas e inesperadas. Esto significa que las infancias negras tienen más probabilidades de perder a sus cuidadores de forma abrupta y traumática, siendo más susceptibles a los factores de riesgo relacionados con el duelo. Sin embargo, al mismo tiempo que enfrentan pérdidas traumáticas con mayor frecuencia, cuentan con menos apoyo social, institucional y psicológico para lidiar con el duelo.
En contextos de vulnerabilidad socioeconómica, la ausencia de un entorno de apoyo se vuelve aún más acentuada. Ante la desigualdad social, muchas de estas niñas y niños crecen en condiciones precarias; la muerte de una persona cuidadora, en tales circunstancias, intensifica el sufrimiento psíquico y puede comprometer aún más su desarrollo, ya que el entorno que los rodea muchas veces no ofrece los recursos necesarios para ayudarlos a enfrentar esa pérdida de manera saludable. La sobrecarga de las familias, la falta de redes de apoyo y la desigualdad en el acceso a cuidados psicológicos hacen que el proceso de elaboración de la pérdida sea aún más desafiante. Así, mientras algunas niñas y niños encuentran contención para transformar el duelo en crecimiento, niñas y niños negros en situación de vulnerabilidad a menudo viven la pérdida de manera solitaria, sin los recursos necesarios para lidiar con los dolores que atraviesan sus historias.
Frente a los cambios, incertidumbres y pérdidas vividas, es fundamental garantizar a la niñez espacios acogedores y de comunicación, donde puedan expresar lo que comprenden a través del lenguaje verbal o no verbal, permitiéndoles expresar sus angustias y sufrimientos mediante cuentos y dibujos, facilitando así la comprensión del proceso y posibilitando que se apropien de formas indirectas de hablar sobre el tema, utilizando relatos infantiles (Klinger et al., 2021). Se les debe conceder un espacio donde su dolor pueda existir. Brindar afecto y atención a estos comportamientos demuestra a la niña o niño que su dolor es real y tiene un lugar en la familia (Hispagnol, 2011).
En este contexto, la investigación plantea como problema: ¿Cómo se expresan las dimensiones interseccionales en la vivencia del duelo de niñas negros? Y se propone como objetivo analizar la dimensión interseccional en la expresión del duelo en niñas residentes en el estado de Tocantins, ubicado en la Amazonía Legal, Brasil.
Metodología
Se realizó una investigación de estudios de caso múltiples, fundamentada en la investigación interseccional, en la teoría psicoanalítica winnicottiana y, principalmente, en autoras negras. La investigación fue aprobada por el Comité de Ética en Investigación, con el Dictamen nº 5.781.809. Participaron en el estudio tres niñas negras, de entre 9 y 11 años, que vivieron la pérdida de familiares que desempeñaban funciones de cuidado. El estudio se llevó a cabo en el estado de Tocantins, ubicado en la región Norte de Brasil, lo que marca una intersección adicional: la del territorio, caracterizado por el olvido, el borramiento y la explotación. La recolección de datos incluyó entrevistas semiestructuradas con las responsables y la aplicación de la técnica proyectiva Dibujo-
Resultados y Discusión
En relación con los tres casos analizados, se buscó comprender la participación y dinámica familiar. En este sentido, la entrevista con la persona responsable, además de ser un instrumento para la recolección de datos, tuvo también el propósito de ofrecer un espacio donde ese dolor del duelo pudiera ser puesto en palabras. En cuanto a los encuentros con las niñas, Winnicott (1971/2020) enfatiza que el juego y la creatividad son fundamentales para que la niña o el niño puedan expresar sus conflictos y procesar sus emociones. El acto de dibujar y contar una historia puede ser entendido como un intento de expresión simbólica en un espacio de transicionalidad. De este modo, la utilización de estos materiales ofreció una alternativa más accesible para que las participantes pudieran expresar duelos profundamente traumáticos. A continuación, se presentan los casos clínicos:
María, una niña negra de 10 años, vivió la pérdida abrupta de su tío materno, a quien tenía como figura paterna. Su muerte repentina en un accidente de motocicleta impactó profundamente la dinámica familiar y emocional de la niña, evidenciando las desigualdades sociales y raciales en Brasil, donde los hombres negros de la clase trabajadora están más expuestos a muertes prematuras. A través del análisis de la entrevista, fue posible comprender que el duelo de María fue silenciado, ya que la familia evitaba hablar sobre la muerte del tío. Con el tiempo, la niña comenzó a manifestar una tristeza profunda, llanto frecuente y aislamiento. Además de la pérdida de su tío, enfrentó pérdidas secundarias: cambio de vivienda, separación de su madre y hermanas, e internación en una escuela lejos de su familia. La escuela y los servicios públicos fallaron en reconocer y acoger su proceso de duelo, reforzando un desamparo institucional que intensificó su sufrimiento psíquico. El análisis del caso destaca la importancia del apoyo emocional y de una comunicación honesta sobre la muerte para la elaboración del duelo en la infancia. Mediante la técnica proyectiva, el juego y el dibujo de María revelaron su sentimiento de abandono y la fragilidad de su entorno familiar y social. El estudio pone de manifiesto la necesidad de políticas públicas que garanticen apoyo psicosocial a niñas y niños en duelo, especialmente en contextos de vulnerabilidad social y racial.
Carolina, una niña negra de 11 años, vivió el asesinato brutal de su padre, quien fue alcanzado por seis disparos en un bar. Su madre buscó atención psicológica cinco meses después de la tragedia, preocupada por las reacciones de la hija, que tenía un vínculo muy estrecho con el padre. La muerte violenta impactó significativamente su salud mental, desencadenando síntomas como insomnio, miedo excesivo, apego exacerbado a la madre, aislamiento y dificultades escolares. La experiencia traumática no se limitó a la pérdida en sí, sino que incluyó la exposición prolongada al cuerpo del padre y la negligencia de las autoridades, lo que agravó la sensación de desamparo y el duelo traumático de Carolina. La literatura psicoanalítica, en especial Winnicott, señala que el trauma resulta de una ruptura abrupta en la continuidad de la existencia, generando desorganización psíquica y dificultades en la simbolización. Durante la atención psicológica, Carolina demostró dificultad para hablar sobre la muerte del padre, por lo que se introdujo el juego como estrategia terapéutica, permitiéndole expresar emociones de manera simbólica. La escuela emergió como un espacio de acogida y seguridad, ayudándola a lidiar con el sufrimiento. El caso de Carolina pone en evidencia cómo el duelo en la infancia está atravesado por marcadores sociales como la raza y la clase social, y refuerza la necesidad de enfoques psicológicos sensibles a las realidades de niñas y niños negros en duelo por violencia.
Luna, una niña negra de 9 años, vivió la muerte de su madre a causa del Covid-
Para todas las niñas participantes de la investigación, la muerte de sus cuidadores —quienes eran fundamentales en sus dinámicas familiares para el sostenimiento de un ambiente suficientemente bueno— generó una ruptura abrupta en sus mundos conocidos. María perdió al tío que ejercía la función paterna, Carolina presenció la muerte violenta de su padre y Luna perdió a su madre durante la pandemia. Cuando quien desempeña la función de cuidado es retirado de forma repentina del cotidiano infantil, el mundo emocional de la niña o niño se desestabiliza, y la ausencia de un entorno acogedor agrava la vivencia de la pérdida.
La oferta de un ambiente suficientemente bueno no se restringe únicamente a los padres o cuidadores sino que también implica la capacidad del entorno social para brindar apoyo, seguridad y continuidad (Winnicott, 1963/2013). No obstante, el contexto de niñas negras que viven en un país racista —que insiste en el discurso de que todos somos iguales—, sumado a los tipos de muerte que afectaron a sus cuidadores, los cuales sabemos que afectan desproporcionadamente a personas negras, y a la precariedad social que impidió garantizar un entorno acogedor tras la vivencia del duelo, por parte de las instituciones sociales, configura el reverso de lo que se esperaría para la protección emocional de estas niñas.
El racismo se presenta como ese discurso que mortifica a la población negra y enluta a muchas otras personas negras; opera deslegitimando el dolor de luchar (y enlutarse) por vidas negras, un dolor que, ante todo, se manifiesta en el color, el cuerpo, la piel, marcando las primeras experiencias subjetivas de la infancia. María, Carolina y Luna vivieron situaciones en las que las dinámicas raciales atravesaron sus experiencias de duelo. A partir de la escucha de estas niñas y de sus madres, es posible enfatizar que el racismo puede comprometer el acceso a un ambiente suficientemente bueno, dejando a las niñas expuestas a nuevos abandonos simbólicos y prácticos.
El entorno, con los contornos de una estructura racial que niega los cuerpos y el color de piel de las personas negras, actuó silenciosamente como un obstáculo en la elaboración del duelo infantil de estas niñas, amplificando las dificultades ya inherentes a la pérdida por fallecimiento. En este contexto, es necesario reconocer que las desigualdades sociales y raciales desamparan a la niñez negra en duelo y debilitan aún más la estructura familiar, ya marcada por exclusiones históricas.
Las responsables de estas niñas, igualmente en duelo, enfrentaron sus propias barreras, muchas veces cargando historias de pérdidas anteriores y dificultades para abordar y procesar la muerte de manera abierta y acogedora con sus hijas. Todos los casos destacan la importancia de comunicar la muerte, pero también de la forma en que la muerte, la nostalgia, los recuerdos y los sentimientos de las niñas encuentran o no un espacio donde ser acogidos. La muerte debe ser hablada con las niñas y niños, pero para que eso ocurra, las cuidadoras también necesitan ser escuchadas y acogidas. Sin embargo, ellas también enfrentan las barreras del racismo que les impide el acceso a la vivienda, la salud, el empleo formal y a servicios que las ayuden tanto en el cuidado de sus hijas como de sí mismas.
Otro punto común en los tres casos fue la manera en que las niñas expresaron sus vivencias de duelo, a través de síntomas y comportamientos. Luna presentó tristeza, ansiedad, somatización y miedo de perder a otros miembros de la familia; Carolina mostró retraimiento y signos de trastorno de estrés postraumático; y María manifestó aislamiento e ideaciones suicidas. Estas manifestaciones del duelo refuerzan la importancia de considerar el entorno social compartido, que debería ofrecer apoyo a las niñas y colaborar con el contexto familiar.
En este sentido, la escucha de estas familias evidenció la relevancia de dispositivos de salud mental que acojan a estas infancias, a sus familias y a las múltiples capas de sufrimiento que las atraviesan. Asimismo, resalta la necesidad de servicios psicológicos que consideren la dinámica de las desigualdades sociales y raciales para promover un cuidado más ético con las niñas y niños en duelo. Como bien se ha enfatizado, la lucha por un ambiente suficientemente bueno no se limita al entorno familiar, sino que se extiende a las políticas públicas, a la creación de espacios terapéuticos y al fortalecimiento de redes de apoyo capaces de transformar el sufrimiento en posibilidades de elaboración y reconstrucción del duelo.
Ante los casos presentados, cabe destacar que las muertes ocurrieron con un elemento en común: podrían haber sido evitadas. La pérdida del padre asesinado, del tío muerto en un accidente de motocicleta, de la madre fallecida por Covid-
Estas muertes denuncian la necropolítica (Mbembe, 2016), y las vidas que, según Butler (2019), son vidas precarias e indoloras, es decir, vidas no dignas de duelo. Si más personas negras mueren de forma inesperada, violenta y precoz, eso implica decir que más niñas y niños negros tendrán la terrible experiencia del duelo de manera más dolorosa y difícil de elaborar; también implica decir que más niñas y niños negros corren el riesgo de ver sus duelos patologizados como duelo prolongado, complicado o mal elaborado, sin que se proponga siquiera una reflexión sobre las dimensiones raciales que afectan las infancias negras.
Porque es más conveniente, en una sociedad fundada sobre la esclavización de cuerpos negros, culpabilizar y patologizar el dolor de las personas negras, que detener el genocidio del pueblo negro; que debatir cómo el racismo mortifica y enluta a las personas negras, y que, además del dolor, estos duelos tienen color.
El duelo representa otras pérdidas secundarias que pueden llevar a una necesidad de cambios y readaptaciones, con nuevos roles dentro de la familia, lo cual genera un estrés adicional al propio proceso de duelo (Parkes, 1998). La vivencia de la pérdida se vuelve aún más compleja, especialmente cuando la persona fallecida ejercía una función de cuidado, pues con la muerte de un ser querido, muchas otras pérdidas se suceden.
El duelo por una persona cuidadora puede hacer que las niñas y niños experimenten sentimientos intensos asociados a las pérdidas secundarias provocadas por el fallecimiento del progenitor. Algunos ejemplos son: el cambio de casa y estilo de vida (por ejemplo, debido a alteraciones en la situación económica familiar); separación y pérdida de contacto con familiares y amistades; pérdida de memorias compartidas con la persona fallecida; cambio de intereses; menor disponibilidad emocional del cuidador sobreviviente y de la familia; pérdida de un futuro imaginado junto al progenitor fallecido, entre otros (Santos & Saraiva, 2020; Silva et al., 2020).
Las tres niñas de la investigación vivieron pérdidas secundarias; la muerte trajo consigo numerosas pérdidas que agravaron aún más su sufrimiento. Y este es un punto crucial que debe ser considerado al pensar en la vivencia del duelo de niñas negras y pobres, junto a sus familias: están más expuestas a experimentar un mayor número de pérdidas secundarias que intensifican aún más su dolor.
De este modo, el entorno en el que estaban insertas las niñas, marcado por desigualdades y violencias estructurales, actuó con frecuencia como el reverso de un ambiente suficientemente bueno, intensificando el sufrimiento y limitando las posibilidades de elaboración de la pérdida. Al analizar esta realidad, percibimos que un entorno racista es intrusivo. Vivir en una sociedad marcada por el racismo implica enfrentarse a fallas en la oferta de un entorno facilitador; es decir, un entorno racista puede representar lo opuesto al ambiente suficientemente bueno, el cual es esencial para el desarrollo saludable de la infancia.
La exposición a un mayor número de muertes traumáticas, así como a pérdidas secundarias, debe ser considerada en la experiencia del duelo de niñas y niños negros, ya que ellos y sus familias están más propensas a atravesar numerosas pérdidas secundarias. Como se ha observado, la ausencia de una red de apoyo ampliada, la sobrecarga de la maternidad en solitario, las desigualdades raciales y la precarización del trabajo agravan estas vivencias. Tavares (2021) señala una diferencia en los procesos de duelo en una sociedad racista: las pérdidas vividas por personas blancas, generalmente reconocidas y valoradas, tienden a movilizar apoyo y protección social que refuerzan su lugar de privilegio en la jerarquía racial. En contraste, las múltiples pérdidas sufridas por personas negras, que causan un profundo sufrimiento pero no reciben validación ni reconocimiento social, se convierten en elementos centrales en la construcción de una identidad racial subalterna, históricamente asociada a la población negra (Tavares, 2021).
El entorno racista es el reverso de un ambiente suficientemente bueno, y desde allí, la niña negra en duelo puede encontrar un holding social insuficiente. Un entorno racista no es protector ni confiable con las niñas negras, y puede generar consecuencias traumáticas, fallas ambientales y distorsiones capaces de producir interrupciones en el proceso elaborativo del duelo, constituyéndose en un obstáculo para el desarrollo emocional y la conformación de bases saludables del self.
Por tanto, para que el duelo en la infancia pueda ser elaborado de manera más saludable, es imprescindible que las familias y las instituciones se conviertan en espacios de acogida y cuidado, reconociendo las dinámicas raciales y sociales que atraviesan las experiencias de pérdida. Los casos de María, Carolina y Luna demuestran cómo la pérdida de sus cuidadores se reflejó en pérdidas secundarias agravadas por el insuficiente soporte ambiental, por el racismo y por la vulnerabilidad social.
Reflexiones finales
A partir de estos hallazgos, se reafirma la importancia de considerar la interseccionalidad como una dimensión fundamental en la comprensión del duelo en la infancia y en los procesos de evaluación del sufrimiento infantil. Raza, clase, género y territorio son factores que atraviesan la experiencia del sufrimiento en la infancia; por lo tanto, se comprende que el duelo no ocurre en el vacío, sino que está moldeado por las condiciones sociales. Así, el duelo, lejos de ser una experiencia meramente individual, se convierte, para la población negra, en una expresión de heridas históricas y sociales que interfieren en su subjetividad.
De este modo, para una comprensión del duelo infantil en niñas y niños negros, es necesario adoptar una mirada interseccional hacia la infancia y sus familias, ya que el duelo infantil refleja también el duelo familiar.
Por último, en la escucha de niñas y niños negros en duelo, como profesionales de la psicología, nuestro deber ético-
Pero, sobre todo, debemos recordar que esta reivindicación se da en el ámbito de las políticas públicas. Las niñas y niños negros marginados por la pobreza no estarán en los consultorios ni en las clínicas de psicología; necesitan que nosotros, como sociedad, defendamos su acceso a los servicios básicos. Necesitan que nos posicionemos contra la precarización de la salud mental; que defendamos una educación para las relaciones étnico-
Necesitan que seamos su regazo social, que estemos en la lucha por los derechos de las niñas y niños negros, indígenas, ribeirinhos, quilombolas; por las infancias del Norte de Brasil. Al fin y al cabo, como nos enseñan nuestros ancestros de África, se necesita una sociedad entera para cuidar y amparar a una niña o un niño.
REFERENCIAS:
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